El otro día una niña de nueve
años me preguntó qué significaba 'soledad'. Y mentí. Mentí como una bellaca, me
agarré a la mentira milenaria, al tópico, a lo de siempre. "Soledad es cuando
no tienes a nadie”, respondí. Me cuidé mucho de no decirle que la soledad es
estar rodeado de gente y que te falte ese alguien, porque para qué iba a
adelantarle acontecimientos. O que es quitarte tú misma la ropa interior cada
noche, conjuntarla solo para ti. Pensar solo en ti. Soledad es que no comparta tu soledad y tú te
tengas que tragar las lágrimas y agacharte para intentar recoger el poco
orgullo que te quedaba y que se ha estrellado contra el suelo. Tratar de
recomponerlo y que se pulverice ante tus ojos y tu impotencia, entre tus manos. Esas manos sin nadie a quien
tocar. Eso es la soledad. Que te consuma la desesperación por la mañana, la
rabia por la tarde y la melancolía por la noche. Tener que escribir sobre el
papel porque ya no puedes hacerlo sobre una piel ni susurrar. Para qué susurrar
cuando lo que necesitas es gritar. Soledad es recordar que hubo una vez en la
que fuiste tan, tan feliz, que osaste creerte infinita, inmortal. Soledad es
ser incapaz de recordar esa sensación. Es necesitar volver a un sitio al que,
racionalmente, no quieres volver nunca más. No ser, no estar, solo parecer. Desear
desaparecer. Y que desaparezca.
Así que arde, mi amor. Arde mi
amor. Ardamos juntos por última vez y, después, desaparece para siempre.
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