"¿Cómo quieres que escriba una canción
si a tu lado no hay reivindicación?"
A los dieciséis años me decían que escribía bien. Y yo me lo creí y escribí una novela que jamás publicaría (poque no era ni medio buena, y porque el disco duro se la llevó a la tumba cuando decidió estallar) y me decía que sería capaz de describir qué era exactamente el amor el día en que me enamorara (porque la adolescencia nos permite ser así de pretenciosos). "Hazte un blog, Rakel", me sugirió más tarde un amigo. Y eso hice. Y escribí una entrada. Y me enamoré.
Las musas que me habían acompañado durante toda mi vida, esas musas oscuras, celosas, vestidas con harapos grises, que soplaban viento helado en mi corazón y dirigían mi mano para escribir aquellas historias teñidas de oscuridad, me miraron fijamente a los ojos. Era una advertencia. Se largarían si osaba sonreír a su lado. "No eres nadie sin nosotras", me amenazaban, "nadie es nada sin el arte. Tú, la que menos."
Era otoño y llovía. El escenario perfecto para un relato de lágrimas que resbalasen por el rostro de alguna joven con el corazón roto y el alma disolviéndose, que usara la lluvia como coartada. O que era el cielo quien lloraba sobre ella. Por ella. ¿O eran las nubes corriéndose sobre su rostro? Yo qué sé. Ya no recuerdo cómo se hacían estas cosas.
En fin, decía que era otoño la primera vez que besé sus labios y las musas se largaron. Lo calificaron de "vomitivo", por Dios, esa alegría, qué asqueroso halo de felicidad emanábamos tú y yo por la calle, qué horrible nuestra risa al viento, menuda puta mierda tus manos en mi cintura. En resumen, que nada de definir el amor. Nada de hablar de aquellos sentimientos, nada de plasmarlos sobre el papel, nada de hacernos inmortales. Todo lo que pude escribir sobre ello murió en una pantalla de un blanco estridente, engullido por un cursor parpadeante.
Desde entonces nacieron muchas frases perfectas que aspiraban a ser historias, relatos, que aspiraban a ser algo. Que aspiraban. Que suspiraban. Pero se quedaron en eso, frases sin contexto (como yo antes de ti). Hice un trueque arriesgado. Mis versos por tus besos. Palabras escritas por otras susurradas. El mejor negocio de mi vida.
Despedí a mis musas decrépitas con un guiño y una sonrisa, y me largué.