Nos aferramos a la esperanza mientras me disolvía entre tus manos, como la ceniza de un cigarro consumido en nuestro ocaso.
Recuerdo que, en esos últimos días, una sonrisa irónica colgaba perpetuamente de mis labios. Dios, qué rabia te daba esa sonrisa, con qué dureza me follabas cuando ya estabas harto de verla, intentando borrármela entre gemidos, buscando dentro de mí algo que ya no existía. Qué ferocidad la de tu mirada cuando te corrías mirándome a los ojos, buscando algún rastro de emoción en mí más allá de la lujuria. Y qué miedo nos daba después soltarnos, enfrentarnos a esa tremenda indefensión de aceptar lo perdido, con ríos de sudor fluyendo por nuestros cuerpos, buscando, buscando, siempre buscando algo que nos permitiese llenar aquel vacío que dejan dos cuerpos cuando se unen solo por rutina o por placer. La desesperación nos llevaba al borde de la locura.
Y luego recordaba que ya no, que no te amaba, y mi mirada se volvía dura de nuevo, y tú te percatabas y te temblaba un poquito el labio inferior. Y, entonces, me decías que me querías, y aquella sonrisa volvía a mi rostro y nos partía a ambos en dos.
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