Aquel verano follamos como cosacos en esa cala escondida a un kilómetro escaso de tu casa. Follamos y bebimos y fumamos hierba como si el mundo estuviese a punto de acabarse, y recuerdo que, cuando estabas fumada, solías decir entre risas que tu madre te mataría si se enterase de lo que hacíamos, y me mataría a mí por hacerte gemir de aquella manera, y que tu padre me cruzaría la cara una vez por cada orgasmo que te había regalado. Y luego me mirabas con esa intensidad tan tuya que me volvía loco y te sentabas encima de mí para hacerme olvidar de nuevo el tiempo. Recuerdo también tu piel suave, tu pelo al viento, todos aquellos besos y para siempres.
Déjame que te diga que también recuerdo que todo eso acabó. Que nuestras palabras se las llevaron las olas y que aún te sigo recordando cuando el viento me susurra tu nombre al oído en una playa cualquiera. Y que ya no recuerdo el sonido de tu risa pero sí que lo adoraba. Déjame por último que te diga que, durante aquel tiempo, fuimos inmortales. Que los dioses nos envidiaron. Y que en mi recuerdo permaneces tan preciosa, tan joven y tan eterna como entonces.
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No si esto y el anterior ( I ) son tuyos, pero son realmente buenos y lúcidos. Muy buenos. Quiero hablar de ellos. ¿De dónde sale esto?
ResponderEliminarAunque I es mejor. Mucho mejor y más atrevido.
ResponderEliminarMíos y solo míos.
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